Dejaré por siempre de ser el viejo guerrero errante, sin rumbo fijo, sin puerto ni castillo al que volver, arrastrando mi armadura oxidada por milenarias dunas polvorientas y por inmensos e inacabables océanos de tiempo.
Encontré tu mirada y me llegó la vida, me empapó de ilusiones y de esperanzas, me arrancó cadenas y me dio alas, me desnudó el alma, me besó en los labios y me cubrió con su capa.